Tras el partido de fase de grupos entre Paraguay y Alemania, el nombre que más se repetía en las gradas no solía ser el de algún disparo concreto, sino el del portero Orlando Gill. La zona detrás de los palos no suele ser la más animada, pero en cuanto el rival empezaba a presionar sin tregua, la atención de la afición se volcaba allí de forma natural: el número 12, de 198 centímetros y zurdo, permaneció allí toda la noche, como si fuera recomponiendo una línea defensiva entera.
Desde el bando se percibía que, para el guardameta, fue un partido típico en el que las cifras no lucen bien, pero el trabajo no fue menor. Alemania llegó a dominar el balón con un 75 %, disparó 21 veces y acertó seis veces a puerta; Gill leyó el ritmo del encuentro con calma, atajó lo que había que atajar, despejó lo que había que despejar y volvió enseguida a su posición tras cada intervención, sin dejar huecos para el segundo intento. Paraguay solo tuvo un 25 % de posesión y siete tiros, pero se llevó un empate a 1-1; esas acciones bajo los palos resultaron más convincentes que las estadísticas.
Lo que más se quedó en la memoria fue su presencia en el área. En las jugadas a balón parado gritaba la línea y ordenaba a sus compañeros mantener la compactación; ante los centros alemanes por banda no esperaba a que el rival disputara el balón, sino que se adelantaba un paso para quedárselo. Los 198 centímetros de envergadura no eran solo un dato: al pelear por los balones altos controlaba bien el cuerpo y no se desequilibraba por alcanzar el esférico, de modo que el caos en el punto de penalti se redujo bastante. Su salida con la izquierda abrió otra vía al contraataque: a veces un toque suave hacia la banda izquierda, otras un pase largo al centro del campo, y cuando Paraguay lograba respirar, muchas veces empezaba por ese gesto suyo.
Visto con ojos de aficionado, esta es otra forma de brillar en un escenario mundialista: no hace falta una parada voladora para quedar en la retina; hacer bien, una a una, las cosas básicas también puede convertir un partido que debía inclinarse en un duelo duro en una noche digna de recordar. Para quien sigue el viaje, el ambiente en el estadio y las historias en directo, noches así suelen perdurar más que una simple lista de resultados.
Fuera de la zona mixta tras el partido, la mayoría de quienes hablaban de Giel eran aficionados que habían viajado con la expedición paraguaya. Algunos decían que, cuando neutralizaba oleada tras oleada de centros alemanes en la puerta, toda la grada guardaba silencio medio segundo y estallaba en aplausos: ese entendimiento no venía de cánticos, sino de que todos lo veían claro —en un partido con poca posesión, el portero es el metrónomo de toda la línea—. Otros aficionados señalaban que, en el instante en que el carril izquierdo se empujaba hacia adelante, solía ir acompañado de un pase de Giel hacia la izquierda; un ritmo nada vistoso, pero justo lo necesario.
En términos de datos objetivos, Alemania había vencido 2-1 a Costa de Marfil y caído 2-1 ante Ecuador en este grupo; Paraguay había empatado 0-0 con Australia. Este 1-1 dejaba margen de interpretación para la situación clasificatoria de ambos, pero en lo que respecta al puesto de portero, la actuación de Giel aquella noche ya figuraba en muchas crónicas de campo: sin ostentación, solo concentración y una forma de resolver las situaciones sin perder la calma bajo presión.